*A partir de una entrada del blog de John C. Maxwell.
En el mundo de los negocios y el liderazgo se ha popularizado una frase que muchos padres ya conocen desde hace años: no se puede esperar algo que no se revisa o evalúa de manera constante. Decir que algo se va a hacer no garantiza que realmente suceda; lo que marca la diferencia es la supervisión y la evaluación de los compromisos asumidos.
Un ejemplo sencillo es el de un niño que promete ordenar su habitación antes de jugar. Puede tener buena intención, pero solo cuando sabe que habrá una revisión empieza la verdadera acción. Esto demuestra que la inspección tiene poder, porque obliga a mirar con honestidad lo que realmente se hizo después de comprometerse.
Este principio también se aplica a los objetivos personales y profesionales. Si tienes una meta, seguramente ya has tomado acciones para alcanzarla. Evaluar esas acciones y los resultados obtenidos es clave para avanzar con mayor rapidez y hacer ajustes inteligentes en el camino.
La primera pregunta que conviene hacerse es: ¿qué hice exactamente? Todo resultado tiene una receta detrás. Así como una biblioteca llena de libros refleja años de preparación y aprendizaje, tus hábitos, decisiones y acciones dejan pistas claras sobre lo que has logrado. Identificar con precisión lo que hiciste te permite establecer una base real desde la cual mejorar.
La segunda pregunta es: ¿qué aprendí? Cada acción, sin excepción, trae consigo algún aprendizaje o lección para cualquier área de la vida. Puede que hayas descubierto que algo fue más fácil, más difícil o más rápido de lo esperado según el tipo de nuevas acciones que te hayas planteado o desarrollado. Reconocer estas lecciones te ayuda a crecer y a tomar mejores decisiones la próxima vez.
La tercera pregunta es: ¿qué me gustó de lo que hice? No todo en el camino hacia una meta será divertido, pero tampoco debería ser un sufrimiento constante. Identificar qué partes del proceso disfrutas te permite enfocar tu energía en aquello que realmente te motiva y, si es posible, delegar lo que no te resulta tan atractivo.
Muchas personas descubren que lo que pensaban que les gustaría no es lo que más disfrutan, y eso no es un fracaso. Al contrario, es una forma de conocerse mejor. Saber qué te gusta dentro del proceso te acerca a tus objetivos de una manera más auténtica y sostenible.
La cuarta pregunta clave es: ¿qué cambiaría o haría diferente? Aquí no se trata de castigarte ni de criticarte en exceso. Se trata de pensar en pequeños ajustes que podrían mejorar el resultado, tal como ocurre en un deporte donde cada movimiento puede perfeccionarse con práctica y atención.
Cada acción es como un intento en un juego: actúas, observas el resultado y ajustas el siguiente movimiento. Este ciclo constante de acción, evaluación y mejora es lo que impulsa el progreso real. No hace falta empezar de cero ni cambiarlo todo; muchas veces bastan pequeños ajustes.
En resumen, mantener claras estas cuatro preguntas —qué hice, qué aprendí, qué me gustó y qué cambiaría— ayuda a evitar la complacencia y a mantener el impulso de tus acciones hacia un éxito más comprometido. Evaluar con honestidad, aprender del proceso y ajustar el rumbo permite avanzar hacia las metas con mayor enfoque, disfrute y efectividad. ¿Estás listo para ese camino hoy? Intenta hacer la respectiva evaluación y descubre cómo tus procesos de aprendizaje te acercan a esas cosas que tanto deseas.
Vía | John C. Maxwell Blog
Inscríbete en el newsletter para recibir más artículos como este.