La evaluación anual de desempeño, ese ritual que el oficinista aprendió a temer, está por desaparecer. No para dar alivio, sino para ser reemplazada por algo más constante: un sistema que puntúa el trabajo cada día, a veces más de una vez. Seth Godin lo plantea sin dramatismo, y con una salida clara.

El cambio, en su lectura, es de naturaleza y no de forma. Antes el jefe emitía un veredicto una vez al año. Ahora las métricas quedan expuestas y es el propio sistema el que califica, como ya ocurre con el operario en la planta. Una inteligencia artificial lee el correo, observa los clics y escucha las llamadas, y devuelve una puntuación. La descripción incomoda porque es reconocible.

Godin le pone nombre a la tendencia de fondo: una pérdida progresiva de oficio. Cuando el trabajo se descompone en tareas medibles y vigiladas, la persona deja de decidir y empieza a ejecutar. Y ejecutar tareas bajo la mirada de un algoritmo es, en la práctica, trabajar para la máquina. Ahí está la trampa que describe: la carrera hacia abajo, donde cada quien vale por el volumen de lo que produce y no por el criterio con que lo hace.

La respuesta que propone no es romántica ni de resistencia. Es de posición. La alternativa a trabajar para una inteligencia artificial es poner una a trabajar para uno. Y eso exige subir de nivel en lugar de competir hacia abajo: liderazgo y proyectos, no tareas. Quien solo sabe ejecutar lo que un sistema puede medir será medido —y sustituido— por ese sistema. Quien decide qué se hace y por qué, no.

El punto aterriza con fuerza en el empresario independiente y en el networker, que suelen creerse a salvo de esta lógica porque no tienen jefe ni reseña anual. La tienen, solo que con otro nombre: el algoritmo de la plataforma que decide cuánta gente ve su contenido, la tasa de respuesta, el número de citas por semana. Es la misma vigilancia diaria, sin oficina. Y el mismo riesgo de quedar reducido a un operario de publicaciones que persigue métricas que no controla.

La distinción que ofrece Godin es la que separa a quien usa la herramienta de quien es usado por ella. El que delega en una inteligencia artificial las tareas repetitivas —agendar, redactar borradores, ordenar datos— libera tiempo para lo que ninguna máquina puntúa: construir relaciones, formar a otros, decidir el rumbo. El que se limita a alimentarla con clics y respuestas, no.

El aviso tiene fecha de vencimiento incluida: empezar ahora, antes de que sea tarde. No es una amenaza vaga. Es la constatación de que el margen para elegir de qué lado de esa línea se está encogiendo cada trimestre. Subir de nivel deja de ser ambición y pasa a ser condición para seguir mandando sobre el propio trabajo.


Adaptado del artículo «The daily review» publicado originalmente en Seth Godin.

· · ·