Los modelos de inteligencia artificial son cada vez más capaces y, al mismo tiempo, circula cada vez más material rápido y mediocre hecho con ellos. Berto Pena, consultor de productividad y autor del blog ThinkWasabi, parte de esa paradoja para llegar a una conclusión incómoda: la habilidad que hoy separa a un profesional de otro no es escribir mejores instrucciones ni elegir el modelo de moda, sino saber juzgar lo que la máquina devuelve. Y esa capacidad, dice, casi nadie la está entrenando.
El fenómeno tiene nombre desde 2025: «workslop», el término que acuñaron investigadores de BetterUp y del Stanford Social Media Lab para describir el trabajo generado con IA que parece terminado pero no aporta nada y obliga al que lo recibe a rehacerlo. Pena cuenta que un directivo se lo resumió en una frase, con resignación: «La IA está en todas partes. La gente la utiliza hasta para las cosas más tontas».
Por qué más potencia da peores resultados
La explicación de Pena no está en la tecnología sino en quien la usa. Las personas al otro lado de la pantalla piensan cada vez menos. Se han vuelto impulsivas y conformistas con lo que aparece en el chat: pegan cualquier texto pulido y resultón, sea la respuesta a un correo, una presentación para un cliente o un informe importante. Y usan la herramienta para todo, sin distinguir el impacto, el grado de personalización o el nivel de exigencia de cada tarea. Lo que buscan es no pensar y tener algo rápido.
El diagnóstico desplaza el problema a donde pertenece. Durante años, lo valioso era producir: escribir bien, analizar bien, diseñar bien. Ahora la IA produce en segundos, y eso cambia qué habilidad hace valiosa a una persona. Dirigir a la máquina importa más que usarla. Pero dirigir, advierte, no termina en la instrucción inicial: continúa al evaluar la respuesta con ojo crítico y termina cuando uno decide si lo que recibió vale o no.
El oficio del editor
La figura que propone Pena no es nueva. Es el editor de medios de comunicación, el de los de antes, que trabajaba de otra forma: no buscaba que el texto le gustara, buscaba dónde fallaba. Leía con sospecha, no con simpatía. Sabía que lo fluido y lo correcto no son lo mismo, y que un texto puede sonar impecable y no decir nada.
Sin ese criterio, la IA no hace mejor a un profesional. Solo lo hace más rápido produciendo mediocridad, y la mediocridad rápida sigue siendo mediocridad, ahora con mejor maquetación. La capacidad de juzgar con exigencia es, en palabras del autor, un músculo: si no se entrena, se atrofia. «La IA puede producir por ti. Pero no puede decidir qué merece llevar tu nombre».
Para un distribuidor de network marketing, el argumento tiene una traducción directa. Buena parte de su día es comunicación escrita: mensajes de seguimiento, respuestas a objeciones, publicaciones en redes, presentaciones de producto. Son exactamente las tareas que la IA resuelve en segundos y exactamente las que se vuelven inútiles cuando el destinatario detecta que podría haberlas recibido cualquiera.
Tres gestos que no cuestan más tiempo
Pena propone tres cambios para aplicar la próxima vez que la IA entregue algo.
El primero es leer buscando el fallo, no la confirmación. La pregunta no es «¿me gusta?», sino «¿dónde se cae esto?». El productor busca una versión que pueda usar; el editor busca la grieta antes de que la vea otro.
El segundo es detectar la voz genérica. Conviene preguntarse si ese texto se lo habría escrito la IA a cualquiera con la misma instrucción. Si la respuesta es sí, no lleva el sello de quien lo firma: le falta su experiencia, su manera de mirar el problema, lo que solo esa persona sabe de ese cliente o de esa situación.
El tercero es dar direcciones precisas. «Mejora esto», escribe Pena, no es una instrucción: es una rendición de la mente. Un buen editor dice «este párrafo repite el anterior, córtalo» o «falta el ejemplo concreto que lo aterrice». Cuanto más preciso es el filtro, menos vueltas hacen falta para llegar a algo que valga.
Ninguno de los tres exige más tiempo del que ya se dedica a «revisar por encima». Exige mirar con otros ojos.
Lo que queda en manos de cada uno
La velocidad y la creatividad de los modelos seguirán creciendo, y eso no depende de ningún usuario. Lo que sí depende de cada persona es lo que pone encima: claridad de ideas, pensamiento crítico, capacidad de comunicar con precisión lo que quiere y de reconocer cuando el resultado no lo cumple. Sin eso, concluye Pena, la IA no potencia a nadie. Anula, aunque parezca que ayuda.
El método tiene una virtud que lo distingue de la mayoría de los consejos sobre inteligencia artificial: no pide aprender nada nuevo. Pide recuperar un hábito que el trabajo apresurado erosionó, el de leer lo propio como si lo hubiera escrito un desconocido. Un mensaje de seguimiento que el cliente identifica como genérico cuesta más que no enviarlo, porque dice que el remitente no pensó en él. La máquina produce. Decidir qué se envía con firma propia sigue siendo un trabajo humano, y es el único que de verdad paga.
Adaptado del artículo «El Editor, No el Productor: la Habilidad que de Verdad Importa con la IA» publicado originalmente en ThinkWasabi.








